ADIOS A PANCHO VARALLO
Lo conocimos hace cerca de 20 años en las inmediaciones de Plaza Brandsen. Allí tenía su casa y la "agencia de quiniela y prode", que atendía personalmente (junto a Cota, su esposa) con la cordialidad y simpatía que le eran connaturales.
Pronto nos hicimos sus clientes, no tanto porque creyéramos que la Diosa Fortuna fuese a acordarse alguna vez de nosotros -nunca fuimos tan ingenuos- sino porque buscábamos despertar en él esas imágenes reminiscentes de un mundo popular, potente y desaparecido, que sin embargo en su charla, simple pero llena de calidez, parecía volver a la vida con fuerza inusitada. Imágenes de su juventud, de sus glorias deportivas, de su amor compartido desde muchacho por las enseñas tripera y xeneise. Anécdotas pintorescas o emotivas de las que siempre emergía la figura de Roberto Cherro, su amigo fraternal al que tanto quiso y respetó toda la vida.
Nosotros le preguntábamos por sus goles y él los contaba poniendo en su relato la misma pasión con que los había concretado hace tantos años. Cada uno de esos goles, sólo retenidos en su memoria prodigiosa y en alguna amarillenta instantánea del Gráfico, lo devolvían a aquella época dorada de los 20: con Carlitos Gardel, su gacho gris y su sonrisa flotando por la Corrientes angosta, o cantando para ellos (los muchachos de la selección) horas antes de aquella final en Montevideo, donde muchos fueron a menos por miedo o por prudencia, pátinas que jamás mancharon sus pergaminos de deportista cabal, de futbolista al que la palabra gallardía nunca le quedó grande.
A esas alturas, tal vez, sus evocaciones eran -como diría el poeta Barbieri- solo "recuerdos de recuerdos", pero los contaba con la misma pasión y el mismo júbilo que habia puesto al jugar.
Era el último representante de una época del fútbol argentino -y mundial- malversado después por los técnicos mentirosos, el periodismo complaciente, la dirigencia venal.
Lo llamaban "cañoncito", por la potencia y dirección de su "shot". Fue uno de los más grandes goleadores de Boca , Gimnasia y la selección. Acabo de escuchar que ha muerto, a los cien años, en su casa de La Plata, seguramente aquella de Plaza Brandsen, con agencia de quiniela al frente, donde lo conocí.
Ahora los ángeles y los gorriones lo tendrán en su equipo, gritarán sus goles, disfrutarán, desde una eterna tribuna celestial, de su guapeza en el área, de su electrizante dribling corto y su mortífero remate.
juan carlos jara